Los economistas educan a su hijo

Por Carlos Manuel Sánchez

La hora de acostarse, recoger el cuarto, hacer los deberes… La mayoría de las trifulcas con los hijos se podría solucionar con una buena negociación. Pero, cuidado, los niños son un contrincante duro y correoso. Descubra cómo aplicar teorías económicas para salir triunfante.

Los economistas educan a su hijo
Imagen tomada Elsevier Google Images

¡¡¡No es justo!!!

Sus argumentos pueden ser muy básicos, pero proferidos a un nivel potente de decibelios resultan efectivos. Con frecuencia, inamovibles. No hay manera de acercar posturas, de convencerlos; en definitiva, de llegar a un acuerdo.

La mayoría de las trifulcas con los niños nace de esta incapacidad para negociar entre padres e hijos, o entre hermanos mayores y menores. Y están fundamentadas en un asunto espinoso: la justicia. Que va de la mano de dos sentimientos muy corrosivos: los celos y la envidia.

Puede que nadie —aparte de los sufridos padres— sepa de este asunto mejor que los economistas. Una de las ramas de las ciencias económicas se dedica, precisamente, a estudiar las negociaciones. Es la teoría de juegos. [Entiéndase juego como un modelo matemático que permite estudiar las relaciones entre los individuos que participan en un trato].

Esta disciplina empezó a mediados del pasado siglo y enseguida se aplicó al ámbito militar. Contribuyó a salvar la humanidad de un apocalipsis nuclear durante la Guerra Fría. La carrera armamentística entre Estados Unidos y la Unión Soviética era un juego de suma cero, en el que todos perdían. Hoy, sus aplicaciones son múltiples. No solo en la gestión de las empresas, también en biología, psicología, diplomacia, interrogatorios policiales, convenios colectivos… Los investigadores estudian las estrategias óptimas cuando dos o más individuos compiten por un mismo recurso; individuos que desconfían unos de otros y que muchas veces mienten, o por lo menos ocultan sus cartas… Los economistas sostienen que siempre hay una manera óptima de ‘jugar’; y que esta manera no siempre consiste en aprovecharse de la debilidad del prójimo, aunque con frecuencia sea así.

¿Por qué no aplicar esta rama de la economía a la educación? Es lo que ha hecho Kevin Zollman, profesor de la Universidad Carnegie Mellon (Pittsburgh), que ha escrito con el periodista Paul Raeburn una guía titulada The game theorist’s guide to parenting. Al fin y al cabo, nuestros hijos son negociantes muy duros. Y expertos en el arte de la manipulación. Despliegan sus encantos, enfrentan a los adultos unos con otros, montan berrinches de órdago, chantajean… El objetivo del libro: darles a los padres una pequeña ventaja competitiva.

Los niños de dos años ya tienen claro el concepto de lo que es justo y, sobre todo, de lo que es injusto

Los psicólogos han demostrado que los críos de dos años ya tienen conciencia de lo que es justo y, sobre todo, de lo que es injusto. Cualquier muestra de favoritismo los solivianta. Claro que su sentido de la justicia, al principio, es muy primitivo y egoísta. Si yo me llevo todos los caramelos y tú no te llevas ninguno, está bien. Si sucede al revés, ¡¡¡ahhhhh!!! Pero ese sentido de la justicia va madurando. Aunque a veces necesita una ayudita de los padres. Según Zollman, mientras no se consiga armonizar el sentido de la justicia entre todos los miembros del hogar, es decir, mientras no compartan, digamos, un mismo código civil, la convivencia se resentirá. Para que haya una negociación, hace falta que los que se sientan a la mesa se pongan primero de acuerdo en cuáles son las reglas del juego. Parece algo obvio, pero no tanto para la mente de un niño.

Los economistas estudian las estrategias óptimas en una negociación. Conocerlas da a los padres una ventaja competitiva

Conviene aclarar que para los economistas todo es un mercado y los humanos siempre estamos llegando a acuerdos. «Si un extraterrestre viniese a la Tierra a estudiar a los humanos, su primera conclusión sería que siempre estamos haciendo tratos: compramos, vendemos, prestamos, planificamos, nos reunimos… Negociamos todo el tiempo», explica el premio Nobel Alvin Roth.

El sentido de la justicia ya es muy maduro entre los siete y los nueve años. A esa edad deberían preferir un trato igualitario a un trato de favor. No quieren que sus padres les den más caramelos que a su hermano, pero se rebelarán si les dan menos. El deseo de no tener más que los demás está fundamentado por la antropología. «Los primeros humanos vivían en sociedades de cazadores-recolectores, donde la escasez era rampante, y compartir comida incrementaba las posibilidades de sobrevivir para el grupo. Compartir dio a nuestros ancestros una ventaja competitiva», explica Raeburn, coautor del libro.

¡No me puedes obligar a comer ensalada! ¡Me has dejado jugar muy poco tiempo, no pienso recoger los juguetes! ¡No me voy a la cama, es muy temprano! ¡Quieres más a mi hermano que a mí!

La lista de lo que los niños consideran injusto puede ser interminable, desde quién se lleva el primer beso de buenas noches a quién pulsa el botón del ascensor… Y el asunto se complica porque hay recursos divisibles, donde el reparto justo es sencillo (por ejemplo, un pastel). Pero otros son indivisibles. ¿Cómo se decide quién juega primero a un nuevo videojuego, quién elige la película, quién le pone nombre a la mascota? Siempre queda el recurso de instaurar turnos. Y para decidir el primer turno jugar a piedra, papel y tijera… Por cierto, un juego que los economistas han estudiado en profundidad. Pero estos proponen una alternativa mejor: la subasta. Hay muchas clases de subastas, pero todas tienen en común un principio matemático demostrado: el que más desea algo suele ser el que está dispuesto a pagar el mayor precio, a hacer el mayor sacrificio. El precio puede ser colaborar en las tareas domésticas.

El ser humano está diseñado para cooperar. Y las negociaciones nos enseñan a hacerlo. «Si nos llevaran a un chimpancé y a mí juntos a una isla desierta y tuviésemos que luchar para sobrevivir, yo apostaría por el chimpancé. La verdadera diferencia entre los humanos y el resto de los animales no está en el plano individual, sino en el colectivo. Los humanos controlan el planeta porque son los únicos animales que pueden cooperar flexiblemente y en masa», explica el historiador Yuval Noah Harari.

Para los economistas, las peleas entre hermanos son conflictos de mercado. Llegar a un acuerdo justo, a un precio justo, es la clave. Y es un fundamento del comportamiento que los niños deben interiorizar para vivir en sociedad. Normalmente lo hacen interactuando entre ellos y sin necesidad de una autoridad externa. Pero a veces es necesario ese árbitro. Lo de «sé amable con tu hermano, no le pegues, pórtate bien» no funciona del todo, a no ser que se den al menos una de estas dos condiciones: un incentivo para portarse bien o una amenaza creíble si no lo hace.

Fuente: XLSemanal