Juan Fernández, su tesoro hoy es la langosta

JOSÉ A. AYUSO Juan Fernández 24/08/2014

¿Acaso Defoe se inspiró para su salvaje en Pedro Serrano, el hombre cuyo 'cabello y barba le pasaba de la cintura', recibido por Carlos V tras años en otra isla desierta del Caribe?

Juan Fernández, su tesoro hoy es la langosta
Tercera edición de «Robinson Crusoe», publicada en Londres en 1719.

A unos 700 kilómetros de la costa chilena, frente al puerto de Valparaíso, protegida por la fría corriente de Humboldt, se encuentra la isla Robinson Crusoe, llamada así en honor al personaje del clásico de Daniel Defoe. La isla pertenece al Archipiélago Juan Fernández, que toma su nombre del explorador que en 1574 descubrió las tres ínsulas que lo conforman: Robinson Crusoe, Santa Clara y Marinero Alejandro Selkirk.

Las islas son Reserva Mundial de la Biosfera y en ellas se encuentra la mayor cantidad de especies endémicas de flor y fauna del mundo, se cree que hasta 60 veces más que las que existen en las Islas Galápagos (Ecuador). Animales como el lobo marino Juan Fernández, con el que se puede bucear en el, quizás, mejor arrecife de Chile; o el picaflor rojo de Juan Fernández, un ave de la familia de los colibríes que está en peligro de extinción… son algunos de los ejemplos de esta naturaleza aún virgen y salvaje. Un paraíso natural que se funde con leyendas de tesoros escondidos y eternos naufragios que deambulan de boca en boca por los autóctonos del archipiélago.

Pero de todas las historias que circulan en las islas hay una que se eleva como la más transcendente de su pasado, presente y futuro: la del marinero escocés Alexander Selkirk, el verdadero Robinson Crusoe.

Daniel Defoe publicó en 1719 la que es considerada la primera novela de habla inglesa, Robinson Crusoe, o como el autor la tituló La vida e increíbles aventuras de Robinson Crusoe, de York, marinero, quien vivió veintiocho años completamente solo en una isla deshabitada en las costas de América, cerca de la desembocadura del gran río Orinoco; habiendo sido arrastrado a la orilla tras un naufragio, en el cual todos los hombres murieron menos él. Con una explicación de cómo al final fue insólitamente liberado por piratas. Escrito por él mismo. Un largo título que especifica exactamente la trama y sitúa la acción en el río venezolano. Pero pese a que el lugar concreto de la obra transporta al lector a 5.000 kilómetros de territorio chileno, el personaje y su historia están más cerca del archipiélago Juan Fernández de lo que uno alcanza a imaginar.

Fue en 1703 cuando el escocés Alexander Selkirk zarpó en el barco inglés Cinque Ports. La expedición partía con esa y otra nave más bautizada St. George. Su misión era la de abordar barcos españoles que regresaban desde Buenos Aires a la península ibérica con las bodegas repletas de tesoros. Una práctica habitual entre los corsarios de la época y que en aquellos años estaba en pleno apogeo debido a la inestabilidad política de la corona española, provocada por las guerras de sucesión.

El rol de Selkirk dentro de la embarcación era de relativa importancia ya que era el encargado de la ruta y la navegación. El marinero tenía experiencia y se situaba en la jerarquía bajo las órdenes del capitán.

En febrero de 1704 ya habían cruzado Cabo de Hornos y los dos barcos se separaron para buscar su suerte de manera individual. En septiembre el Cinque Ports arribó al Archipiélago Juan Fernández, a la actual isla Robinson Crusoe, que por aquel entonces tenía como nombre Más a Tierra (debido a que de las tres es la más cercana a la costa chilena).

El desembarco fue una parada técnica, el momento perfecto para descansar y aprovisionar víveres y agua dulce. La expedición no había resultado fácil y durante ella el escorbuto se había cobrado la vida de varios marineros, entre ellos el capitán del barco, Charles Pickering. Su puesto de mando lo había asumido un joven de 21 años: Thomas Stradling.

Pocas horas antes del reembarque, para continuar el viaje, el corsario Selkirk se enzarzó en una agria discusión con el recién ascendido capitán. El motivo era la nueva ruta a seguir y los peligros que suponían las órdenes de navegación que el oficial de mayor rango quería imponer, ya que la embarcación había sido dañada durante el trayecto. El resultado fue drástico. Selkirk fue abandonado en la isla deshabitada a su suerte.

Durante cuatro años y cuatro meses, la ínsula, considerada una de las más remotas del mundo, fue la morada del marinero. En ese tiempo pudo cazar y domesticar cabras -habían sido introducidas durante la conquista por las tropas españolas- y gatos. Construyó dos cabañas y esperó que el destino le sorprendiera. En alguna ocasión llegaron barcos, pero el miedo a que fueran españoles le hizo esconderse sin pedir auxilio.

A Selkirk la vida le guiñó el ojo irónicamente cuando en 1709 el capitán del St. George, la otra nave que partió junto al Cinque Ports, desembarcó en su isla de manera fortuita. Para más inri se enteró de que sus cálculos habían sido correctos, el capitán que lo había dejado en la isla hacía casi un lustro se había hundido, junto con la tripulación, poco tiempo después de su abandono. El escocés regresó a Reino Unido, no sin antes embarcarse en otro viaje del que salió con una recompensa de 800 libras esterlinas de la época.

La inspiración de Defoe

La historia de cómo Daniel Defoe se cruzó con Selkirk no está comprobada, pero algunos expertos, como Victoriano Bertullo, historiador chileno y residente en la isla Robinson Crusoe, aseguran: «Defoe llegó a entrevistar a Alexander Selkirk. El escritor inglés asistió a una de las conferencias que Selkirk realizó tras su regreso a Inglaterra, eran conferencias para periodistas». Lo cierto es que Defoe publicó Robinson Crusoe 10 años después del rescate del marinero escocés.

Otra de las fuentes históricas que apuntan a que Defoe se inspiró en el náufrago británico es el político e historiador Benjamín Vicuña Mackenna, que en 1883 escribió Juan Fernández. Historia verdadera de la isla de Robinson Crusoe. En sus más de 800 páginas escritas, tras una investigación que duró 24 años, Vicuña Mackenna asegura: «Robinson Crusoe no es sino una ingeniosa transfiguración de Selkirk, cuya relación evidentemente leyó Defoe antes de echar a luz la suya».

Pero quizás uno de los documentos históricos que pueden desequilibrar la balanza fue la entrevista que Richar Steele -famoso parlamentario y periodista irlandés, cofundador de The Spectator y The Guardian, (previas a las actuales)- publicó en la revista The Englishman, en 1813; o el libro A Cruise Voyage Round The World (1812) escrito por Wooden Rogers, uno de los capitanes que trajo de vuelta a Europa a Selkirk. Todo años antes de que el Robinson de Defoe saliera a la luz.

La isla del Robinson español

Dentro de las posibles fuentes de inspiración de Defoe está también el relato del marinero español Pedro Serrano. En 1526 capitanea una pequeña embarcación, un patache, por el Mar Caribe. Durante el trayecto se desata un gran temporal que los hace naufragar. Tras el susto inicial llegan a nado a un islote de arena, cerca del actual archipiélago colombiano de Providencia, San Andrés y Santa Catalina.

Pedro Serrano fue el único de los náufragos que logró sobrevivir durante ocho años y regresó a España sano y salvo. Pero su aventura y las durísimas condiciones de vida le marcaron para siempre: comió los escasos mariscos y peces que podía atrapar, bebió sangre de tortuga por la escasez de agua dulce, que sólo podía recolectar cuando el cielo rugía y las gotas se acumulaban en el interior de los caparazones de los quelonios muertos.

Eso aseguran algunos relatos históricos de la época, como los del cronista del siglo XVI, Inca Garcilaso De La Vega, pero dada la antigüedad bien pudieron haber sido exagerados, creando un mito alrededor de este naufragio.

Tras ocho años, Serrano es rescatado y en 1534 consigue regresar a España. De allí es llevado hasta Alemania para que el emperador Carlos V escuchara su historia de su propia lengua. Tal es el impacto del monarca que le concede una pequeña fortuna.

El islote donde permaneció aislado se llama en su honor Serrana y fue objeto de litigio entre Colombia y Estados Unidos, y más recientemente entre Nicaragua y Colombia.

Las historias de Selkirk y Serrano son de cuatro y ochos años respectivamente. La de Robinson Crusoe asciende hasta los 28 años, siendo esta una de las grandes diferencias de la novela de Defoe con estas historias reales.

Quizás los artificios de marketing chilenos de rebautizar sus islas con el nombre de la novela y, también, con el del marinero escocés, han catapultado la fama del archipiélago Juan Fernández, un archipiélago que no sólo vive de la novela de Daniel Defoe.

Los habitantes de las islas -que no son más de 800- se saben al dedillo otros hechos históricos importantes, como la batalla del Dresden. Durante la Primera Guerra Mundial la armada inglesa dio caza a un crucero alemán liviano, el Dresden. Por meses fue perseguido hasta que pudo esconderse en la Patagonia chilena, en territorios que no estaban cartografiados. El plan del barco alemán era llegar al Archipiélago Juan Fernández para recargar su maltrecha bodega de carbón y poner rumbo a Oceanía. Pero una vez allí, durante el abastecimiento en la isla Robinson Crusoe, tres navíos de la flota imperial inglesa acorralaron al Dresden y abrieron fuego contra él. La artillería que se utilizó aún sigue incrustada en las rocas de la isla.

Curiosamente el que fuera teniente del Dresden, Wilhem Canaris, logró escapar del confinamiento al que los ingleses sometieron a la tripulación germana y años después se convertiría en el controvertido jefe de la Abwehr, la oficina de inteligencia del ejercito alemán. Durante el periodo nazi, Canaris, que no tenía convicciones nacionalsocialistas, convenció a Franco de no dejar pasar a las tropas alemanas por España en su intento por invadir el peñón de Gibraltar. También fue uno de los participantes en la operación Valkiria, que terminó por llevarle a la horca en 1945.

Volviendo al Dresden, la batalla dejó el cadáver del bote alemán que aún continúa hundido en las costas del archipiélago Juan Fernández, a 70 metros de profundidad, y convertido en una atracción para submarinistas.

Dentro de las reivindicaciones históricas de la isla también está la de ser «la isla del tesoro escondido». El pasado pirata es patente y la rumorología asegura que muchos de ellos enterraban parte de los botines conseguidos. Por lo general lo hacían tras haber saqueado ciudades. Así lo hicieron los piratas Bartolomé Sharp, en 1680; y Edward Davis, en 1686.

Tan alto gritan las leyendas que desde 1995 el millonario e historiador estadounidense, Bernard Keisser, lleva buscando un supuesto tesoro que estaría compuesto por 800 barriles de oro valorados en 10.000 millones de dólares. El preciado botín habría sido enterrado en 1714 por el español Juan Esteban Ubilla, general de la flota de Veracruz.

Actualmente el mejor tesoro de la población de Robinson Crusoe es la pesca de langosta, que ha hecho que los casi 800 habitantes de las islas puedan sobrevivir, al estilo Crusoe, por décadas.

El ‘peludo’ del inca Garcilaso

«A Pedro Serrano le cupo en suerte perderse en ellos [los bajíos] y llegar nadando a la isla [Serrana], donde se halló desconsoladísimo, porque no halló en ella agua ni leña ni aun yerba que poder pacer, ni otra cosa alguna con que entretener la vida mientras pasase algún navío que de allí lo sacase. Dentro de dos meses, y aun antes, se vio como nació, porque con las muchas aguas, calor y humedad de la región, se le pudrió la poca ropa que tenía. Con las inclemencias del cielo le creció el vello de todo el cuerpo tan excesivamente que parecía pellejo de animal, y no cualquiera, sino el de un jabalí; el cabello y la barba le pasaba de la cintura. Al cabo de los tres años, una tarde, sin pensarlo, vio Pedro Serrano un hombre en su isla. Cada uno de ellos brevemente contó al otro su vida pasada. Acomodaron su vida como mejor supieron, repartiendo las horas del día y de la noche en sus menesteres de buscar mariscos para comer y ovas y leña y huesos de pescado y cualquiera otra cosa que la mar echase para sustentar el fuego, y sobre todo la perpetua vigilia que sobre él habían de tener, velando por horas, por que no se les apagase. Al cabo de este largo tiempo, acertó a pasar un navío tan cerca de ellos que vio la ahumada y les echó el batel para recogerlos. El compañero murió en la mar viniendo a España. Pedro Serrano llegó acá y pasó a Alemania, donde el Emperador [Carlos V] estaba entonces: llevó su pelaje como lo traía, para que fuese prueba de su naufragio y de lo que en él había pasado. Por todos los pueblos que pasaba a la ida (si quisiera mostrarse) ganara muchos dineros. Algunos señores y caballeros principales, que gustaron de ver su figura, le dieron ayudas de costa para el camino, y la Majestad Imperial, habiéndolo visto y oído, le hizo merced de cuatro mil pesos de renta, que son cuatro mil y ochocientos ducados en el Perú. Yendo a gozarlos, murió en Panamá, que no llegó a verlos. Todo este cuento, como se ha dicho, contaba un caballero que se decía Garci Sánchez de Figueroa (a quien yo se lo oí) que conoció a Pedro Serrano. Y certificaba que se lo había oído a él mismo, y que después de haber visto al Emperador se había quitado el cabello y la barba y dejádola poco más corta que hasta la cintura, y para dormir de noche se la entrenzaba, porque no entrenzándola se tendía por toda la cama y le estorbaba el sueño». [Extracto del tomo I de Comentarios Reales de los Inca, publicado en Lisboa en el año 1609, por el primer gran escritor mestizo de toda América, el peruano Inca Garcilaso de la Vega. En él Gómez Suárez de Figueroa, que era su verdadero nombre, narra la historia del «Robinson Crusoe» español, quien tras naufragar su barco pasó ocho años (de 1526 a 1534) en una pequeña isla cerca del archipiélago colombiano de Providencia, San Andrés y Santa Catalina]