El ranking de los países más enojados con la política

Por Darío Mizrahi / 4 de diciembre de 2016

El rechazo por los asuntos públicos es en promedio mucho más alto en América Latina que en Europa y Estados Unidos. Qué cosas alejan a los ciudadanos del Estado y de sus representantes

El ranking de los países más enojados con la política
Infobae

En Colombia la mitad de la población dice que la política “no le interesa para nada”. Esto lo convierte en el país con mayor nivel de desafección institucional del mundo, según el informe “Society at a Glance 2016” (Sociedad en la mira), de la OCDE, que recopila encuestas de 39 países. Segundo aparece Brasil, con 41 por ciento. Lo siguen Portugal (41%), Chile (40%) y Hungría (36%).

En Dinamarca, en cambio, apenas el 3% de los ciudadanos dicen que no les interesa la política. En Alemania y Japón es el 5%, en Noruega el 7%, y en Finlandia el 8 por ciento.

“Como se observa en la Encuesta Social Europea, los países nórdicos, donde existe una mayor cohesión social entre las clases media y baja, y la diferencia de ingresos entre el quintil más rico y el más pobre es reducida, la participación y el interés en la política suele ser alto. Al contrario, en países donde la desigualdad social supera los 0.30 del índice Gini y la renta está altamente concentrada en los más ricos, como los latinoamericanos, el nivel de interés, participación y confianza en la política es abrumadoramente menor”, explicó a Infobae el politólogo el Eduardo Alvarado Espina, de la Universidad Complutense de Madrid.

Si se toman los promedios regionales se puede ver que entre los países de América Latina incluidos en la muestra el desinterés llega al 39 por ciento. Es el doble que en Europa, donde la media es de 19 por ciento. La diferencia es aún más grande con Estados Unidos, donde es 15 por ciento.

“La desafección política es sólo un síntoma más de lo que los expertos denominamos crisis de la representación. Se caracteriza por un creciente desapego y desinterés por lo político. Sobre todo con aquellas instituciones (partidos y representantes) que se supone traducen los valores democráticos en los cuales creemos. La desconfianza se ve alimentada a su vez por fenómenos como la corrupción y políticas públicas parcializadas e ineficaces“, dijo Roberto García Alonso, profesor de ciencia política en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, consultado por Infobae.

Esto es aún más preocupante cuando se da entre los jóvenes. Mirando sólo a la población de entre 15 y 29 años, América Latina está en el mismo nivel, pero las otras regiones están mucho peor. Europa trepa al 28%, y Estados Unidos, al 26 por ciento. Tomando este grupo etario, el país que lidera es Lituania, con 59%, seguido de República Checa, con 57%, y de Hungría, con 49 por ciento. Después vienen Colombia y Chile, con 44 y 41% respectivamente.

“La desafección tiene dos grandes dimensiones. Una es la poca eficacia interna, que se manifiesta en expresiones como ‘La política es tan complicada que la gente como yo no puede entender lo que está pasando’, y ‘La gente como yo no tiene ninguna influencia sobre lo que hace el Gobierno’. Otra es la baja eficacia externa, que se ve en frases como ‘A los políticos no les importa lo que piensan las personas como yo’“, explicó Richard Gunther, profesor de ciencia política en la Universidad Estatal de Ohio, en diálogo con Infobae.

¿De qué depende que esos tipos de eficacia sean mayores o menores? “Nuestras investigaciones —continuó Gunther— indican que el nivel educativo es determinante. Cuanto más educadas son las personas, mayor es el nivel de eficacia interna, y por ende, menor la desafección. La socialización política formal también tiene un impacto significativo. Cuando hay muchos individuos que en la juventud vivían bajo regímenes antidemocráticos, los niveles de eficacia interna son menores”.

Esto último es muy claro en América latina, donde hay una larga historia de golpes militares, que cíclicamente interrumpieron el orden democrático en muchos países. Pero también en España y Portugal, que vivieron gran parte del siglo XX bajo gobiernos autoritarios. Todos estos países tienen altos niveles de rechazo a la política.

La abstención electoral

Otro indicador del desinterés por la política es el nivel de participación electoral. En este punto hay algo que favorece a América Latina: en la mayoría de los países el voto es obligatorio, lo que puede hacer que vayan a votar personas desinteresadas, que quizás preferirían evitarlo. El continente con mayor proporción de participación es Oceanía, con 71 por ciento. América Latina y Norteamérica (Estados Unidos y Canadá) están igualadas en 67%, y Europa se ubica en 66 por ciento. Un poco más abajo están África y Asia, con 62 por ciento.

El país con mayor tasa de participación en el mundo es Singapur. Alcanza al 93,6% de los votantes registrados, según información recopilada por el Instituto para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA por su sigla en inglés), para los últimos comicios. Luego vienen Malta (93%), Bolivia (91,9%), Maldivas (91,4%) y Luxemburgo (91,2%). En el primero, el tercero y el quinto el voto es obligatorio. No así en el segundo y en el cuarto.

Haití está en el extremo opuesto: el presidente fue elegido en 2015 con el voto de apenas el 28,8% de los electores. Después vienen Cabo Verde (35,5%), Liberia (38,6%), Chile (42%) y Kosovo (42,6%). En todos ellos el sufragio es voluntario.

Colombia, que encabeza el ranking de rechazo a la política en la encuesta de la OCDE, no está último en participación, pero tampoco está mucho mejor. Ocupa el puesto 11 entre los de más baja tasa, con 47,9% en su última elección presidencial. En el histórico plebiscito por la paz del 2 de octubre pasado votó sólo el 37,4 por ciento.

Entre las causas del fenómeno colombiano, Alonso destacó la incidencia de medio siglo de conflicto armado, que empujó a muchos ciudadanos a retraerse de la vida pública. “Colombia tiene más territorio que Estado. Hay muchas regiones del país cuya única presencia en términos de políticas públicas y de instituciones son las Fuerzas Armadas, o la guerrilla“, dijo.

Además sostuvo que “hay que tener en cuenta que la importancia de las familias tradicionales en el control del poder económico y político durante todos estas décadas de democracia llevó a una no renovación de la elite política y de los nexos con la elite económica”.

Para Andrea Carolina Jiménez, profesora de estudios políticos en la Universidad Nacional de Colombia, “lo que hay es un descreimiento de las instituciones de de la democracia liberal, lo que no implica despolitización”. “Esos mismos sectores a veces tienen formas de participación política comunitarias y territoriales”, dijo a Infobae.

En el caso del plebiscito, hay otros factores que permiten entender por qué la abstención fue aún mayor de lo habitual. “Las maquinarias electorales han jugado papeles fundamentales para mover las elecciones. Aquí estaba claro que en términos clientelares el plebiscito no representaba réditos para las ellas. Entonces no movieron a la gente. Además hubo desconocimiento del proceso mismo. Muchas personas no entendieron la importancia de salir a participar”, apuntó Jiménez.

Los peligros del rechazo a la política

Que una decisión tan importante como era para Colombia resolver qué hacer con las FARC haya sido tomada por tan pocas personas es un buen ejemplo de los riesgos que tiene el desinterés por la vida pública. Se termina desnaturalizando la democracia si un grupo reducido decide todo ante la indiferencia de la mayoría.

Pero hay una amenaza aún mayor. Que la respuesta al enojo y a la apatía sean candidatos y fuerzas políticas extremas, que proponen una ruptura total con el orden existente. “Como ya se pudo comprobar en las últimas elecciones de Estados Unidos —dijo Alvarado Espina—, tanto las causas de la desafección, como el fenómeno mismo, pueden acabar dirigiendo la mirada de una parte importante de la sociedad hacia alternativas que basan su estrategia política en atribuir todos los males de un país a la política y a sus actores tradicionales. Esto ya sucedió en el pasado en países como Perú, con Alberto Fujimori (1990-2000), o Italia, con Silvio Berlusconi (1994-1995, 2001-2006, 2008-20011)”.

Si bien las instituciones democráticas son hoy más fuertes de lo que eran a principios del siglo XX, este tipo de respuestas pueden llevar a situaciones muy peligrosas. “Crean un terreno fértil para el auge del fascismo —continuó—. Este es el más dañino de los efectos de una alta desafección. Cuando la democracia no es percibida como un sistema social en el que están representados todos los intereses e ideas de la sociedad y pierde eficacia en la solución de los problemas materiales de los individuos, una parte de aquellos que sienten que el sistema les ha fallado comienza a dibujar una línea divisoria entre ‘un nosotros’ (la gente normal) y ‘un ellos’ (los no normales). Esto se traduce en una legitimación del racismo, el autoritarismo, el nacionalismo y de actitudes violentas e intolerantes que tarde o temprano acaban teniendo una expresión política aglutinadora“.

Fuente: Infobae